3 desafíos que encontré cuando decidí ejercer Trabajo Social de manera independiente
Porque una cosa es ejercer nuestra profesión dentro de una institución y otra es intentar construir, desde cero, una forma propia de ejercerla. Estos fueron, y algunos todavía siguen siendo, tres de los principales desafíos que encontré en ese camino.
1. Emprender sin garantías
Cuando decidí comenzar a ejercer Trabajo Social de manera independiente, entendí rápidamente que no alcanzaba con tener una idea y querer llevarla adelante. Emprender también significaba asumir períodos de ingresos bajos, fluctuantes e incluso nulos, mientras seguía invirtiendo tiempo, formación y recursos en construir algo que todavía no sabía si iba a funcionar. Y, al mismo tiempo, había que hacer visible una marca, comunicar los servicios, generar contenido, construir confianza y sostener una presencia constante para que otras personas empezaran a conocer qué hacía. Creo que ahí apareció uno de los primeros grandes desafíos: convivir con la incertidumbre económica sin perder de vista aquello que me había llevado a empezar. Porque cuando algo nace desde lo vocacional, pero también necesita convertirse en una fuente de ingresos, esas dos dimensiones inevitablemente empiezan a encontrarse.
2. Encontrar mi propia forma de ejercer
Yo sabía ejercer Trabajo Social. Lo que no sabía era cómo transformar todo lo que sabía hacer en una propuesta de ejercicio independiente. Y esa diferencia fue enorme. Tuve que preguntarme qué podía ofrecer, qué problemáticas quería abordar, quién podía necesitar esos servicios, de qué manera podía brindarlos y, sobre todo, cómo explicar para qué podía convocarse a una trabajadora social fuera de una institución. Porque cuando trabajamos dentro de una organización, muchas de esas respuestas ya vienen dadas: existe un servicio, una población, determinadas funciones, circuitos institucionales y demandas que llegan hasta nosotras. Cuando decidí trabajar de manera independiente, gran parte de esa estructura desapareció. Y tuve que construirla. Con el tiempo entendí que no necesitaba inventar otro Trabajo Social. Necesitaba encontrar una forma propia de ejercer el que ya sabía hacer.
3. Ponerle valor a mi propio trabajo
Y probablemente este haya sido uno de los desafíos que más me interpeló. Porque ponerle un precio a nuestro trabajo parece una decisión económica, pero para mí terminó siendo también una pregunta profundamente profesional. Cuando trabajás para una institución, alguien más determina cuánto vale tu hora, tu función o tu puesto. Podés estar de acuerdo o no, pero existe un valor establecido externamente. En el ejercicio independiente eso cambia. De repente era yo quien tenía que mirar mi recorrido, mis años de formación, la experiencia acumulada, las herramientas construidas, el tiempo que requería cada intervención y decidir cuánto valía todo eso. Y descubrí que reconocer el valor de mi propio trabajo era bastante más difícil que reconocer el valor del trabajo de otros. Porque una cosa era saber que tenía formación y experiencia. Otra muy distinta era poder decir: esto que sé hacer tiene un valor profesional y ese valor también tiene que traducirse en ingresos.
Todavía sigo aprendiendo a hacerlo. Pero quizás uno de los aprendizajes más importantes haya sido entender que cobrar por mi trabajo no le quita sentido social ni vocacional a lo que hago. Significa reconocer que detrás de una intervención no hay solamente una hora de entrevista: hay formación, experiencia, análisis, planificación, responsabilidad profesional y años de construcción de herramientas. Y que sostener económicamente mi ejercicio también es parte de hacer posible que ese ejercicio continúe.
Empezar a ejercer de manera independiente me obligó a hacerme preguntas sobre mi profesión que durante mucho tiempo otros espacios habían respondido por mí.
¿Qué tengo para ofrecer?
¿A quién?
¿Cómo quiero hacerlo?
¿Cuánto vale mi trabajo?
¿Y cómo construyo algo que, además de representarme profesionalmente, pueda sostenerse en el tiempo?
No creo haber encontrado respuestas definitivas para todas.
Pero quizás eso también haya sido parte del proceso: entender que construir una forma propia de ejercer no ocurre cuando abrimos un consultorio, diseñamos un servicio o conseguimos nuestro primer paciente. Se va construyendo mientras ejercemos, probamos, nos equivocamos, modificamos y volvemos a preguntarnos qué lugar queremos ocupar como profesionales.